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Una búsqueda personal |
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El coraje que me dió no fue por saber que tengo un tumor en la cabeza, fue saber que durante años los galenos -que fueron muchos- no se dieran cuenta de que yo sufría, de que algo afectaba mi vida y mis ilusiones.
Hace muchos, muchos años, empecé a tener molestias del estomago, simplemente me sentía mal del estomago. Fue cuando empezó mi peregrinar gastando dinero con doctores que nunca me curaron pero siempre, siempre me cobraron.
El primer güey que me ausculto fue el médico familiar, que me conocía desde que nací. Lo único raro que vió fueron mis uñas, dijo que me faltaba calcio y me recetó unas pastillas.
Después fue una retahíla de adivinos; “eres un güevon que no hace ejercicio”, ...“es que retienes líquidos”, ...“¡no comes, ¡tragas!. ¡Por eso no digieres!”, ...“¿en tu familia hay diabéticos?”, ...“el dolor de cabeza es por lo mismo...”, ...“debes dejar de comer carne”, ...“has de tener lombrices, deja te mando hacer unos estudios”.
Eso si, todos esos médicuchos me cobraron; el único que me ayudó fue un médico naturista quien me recetó una cerveza en ayunas.
Pasaron los años, paso mucho tiempo y las cosas simplemente empeoraron. Junto con el aumento en los malestares llegó la negación anticipada; yo mismo me decía: se me hinchan las manos porque retengo líquidos, ...me duelen las rodillas porque soy un güevon, ...me duele la cabeza por la contaminación, ...no veo bien debe ser hereditario, ...los dientes se me están separando porque... ¿porque?... ¡porque nadie sabía decirme porque!.
Entré en una especie de “letargo” pensando "es mi karma", "una ex-novia me embrujó", o "una maldición gitana que nadie sabe que es".
Mientras tanto, encontré mis propias curas: "el alcohol en cantidades insuficientes es dañino para la salud", ..."8 aspirinas diarias para agarrar mi nivel", ..."dormir de 10 a 12 horas diarias para no dormirme en clase o en las fiestas"... las demás hasta me da pena mencionarlas.
Una crisis estomacal me hizo regresar al circo de los doctores, fuí con un gastroenterólogo que al verme me dijo “lo que Ud. tiene no es conmigo, es con el endocrinólogo”, me dije: este cabrón es un mago, nada más me vió y ya adivinó lo que tengo. Fué el único que le atinó y también el único que no me cobró.
Estabamos en una torre médica con varias especialidades y me llevó con su vecino el endocrinólogo. Ahí le dijo “te traigo este paciente que tiene Acromegalia” fué la primera vez que escuché la susodicha palabrita, tardé meses en aprendérmela.
El Endocrinólogo simplemente se sentó y me dijo con todo el tacto, discreción y prudencia que los doctores acostumbran; “usted tiene un tumor en la cabeza que hay que operar”. Y sin siquiera mirarme a los ojos empezó a llenar una receta y me dijo “hay que pedir cita con el cirujano para programar la operación”. Después de eso no recuerdo nada, la palabra “tumor” retumbaba en mi cabeza. Este sí me cobró, pero ni recuerdo cuanto fué. Salí sin querer saber nada mas.
Meses después, seguía sintiéndome mal y peor ahora con la palabra “tumor” en mi cabeza y el tumor también en mi cabeza. Fué cuando hice lo más prudente, fuí al Seguro Social y le dije al médico familiar que un médico especialista particular me había dicho que tenía un tumor en la cabeza -yo no recordaba ni el nombre de la enfermedad ni el de la especialidad.
Pero el decir “tumor en la cabeza” fué la palabra mágica, sin decir nada me dió pase al hospital de zona, en el hospital de zona, igual, me dieron pase directo al Hospital de Especialidades de La Raza.
Una vez en la Raza se cerró el capítulo de mi ignorancia, y empezó el de la ignorancia de los doctores hacia esta enfermedad, el del miedo al futuro, el del miedo al espejo, y el de no saber cuando pero si como voy a morir.
Hace veinticinco años se empezó a escribir esta historia y llevo diecisiete años atorado en el último capítulo.
Ing. Diego Luna Gálvez
e-mail: fundacion.pituitaria@hotmail.com
“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”
–Alejandro Dumas
“La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte”
–Epicteto de Frigia